Las golosinas de las bolsitas de cumpleaños: el secreto mejor guardado de las madres

Beta Suárez, escritora y autora del blog Mujer, Madre y Argentina, nos invita a desarmar la lista de mandatos sociales que idealizan y suponen cómo debe sentir y actuar una "buena madre". Aquí, el divino tesoro que llega a casa después de los cumples infantiles.


El secreto mejor guardado de las madres.
Corriendo, volando, llegás sobre a la hora a buscar a tu hijo. Es que no importa que los turnos en los peloteros sean cada vez más reducidos, una se convence de que en ese rato de independencia y tan sin hijos, va a poder hacer todo lo que no hizo en la última semana. O en los últimos años.

Agarrás al niño. Maquillado. Transpirado. Feliz. Con suerte con el abrigo correcto, los dos zapatos y las dos medias puestas y se te enciende un alerta: la bolsita. ¡Falta la bolsita! Volvés a entrar y la reclamás. Para que tu hijo no se sienta menos. Para que la mamá del cumpleañero no se aflija porque le despreciás el souvenir. Para que el homenajeado no se entristezca porque los amiguitos no se llevaron el regalo, o peor aún, se los coma todos y se enferme.

Patrañas. La querés para vos.

Agarrás la bolsita e ignorás el reclamo del infante. Ahora no que ya casi es la hora de comer, te escuchás decir aunque sean las 4 de la tarde, y hundís el tesoro en tu cartera. Los niños, sabemos, tienen poca memoria para algunas cosas. Y a nuestro favor, no llegaron a ver el contenido, así que cualquier demanda puede considerarse infundada. Las bolsitas de cumpleaños son, en momentos aciagos, la fuente de contención de las madres. Cuando todos duermen o cuando nadie te ve. Cuando sentís en el cuerpo, o en el corazón, la necesidad de algo dulce. Conozco a varias que se han escondido en el baño porque, parece, hay algunos chocolates específicos que merecen la medida extrema.

Llegado este punto, debemos hacer un llamado solidario al gremio: compañeras de infortunio, ya que sabemos cuál será el destino de la bolsita en casi todos los casos, digamos un rotundo “no” a dos situaciones adversas que, por el bien común, detallo a continuación:

1) La mala calidad. No es este el lugar para ahorrar, amigas. No hace falta que lleguemos al extremo de poner frutillas bañadas en chocolate con un tetra de champaña, pero tengamos un poco de piedad y de consideración por el que será nuestro público objetivo. “Símil chocolate” no es chocolate. Las cosas claras.

2) Comida sana, en la mesa. No nos pongamos radicales justo acá. Aunque nunca lo reconoceremos en público, detestamos a la fundamentalista que pone una manzana en lugar de bombones, o semillas en lugar de caramelos. La dieta sana y balanceada, en casa.

No se trata de no convidar, claro. Pero está bien intentar que los nenes no coman golosinas a diario y tener que educar con el ejemplo toda la vida puede ser un poquito sofocante. Por eso bancamos a la colega que se parapetó en el baño, a la que esconde los caramelos en el botiquín que “no se toca” o en el frasco que etiquetó como “quínoa agreste cultivada con amor” y a la que, cuando se sintió descubierta, metió el alfajor entre dos galletas de arroz.


Las golosinas de las bolsitas de cumpleaños.

Tampoco es culpa, es más complejo. Nada nos impide ir al kiosco y elegir a gusto, sin tener que lidiar con pequeños chiches, papel picado y caramelos apretujados que cayeron de la piñata. Pero nosotras también “queremos”, además de ser buenas madres, nutricionistas de vianda escolar, profesionales exitosas, amantes ardientes y Dios sabrá cuántas cosas más, entrar en los jeans y en la malla. Todo queremos.
El mantra “Las Madres Tenemos Derechos” es uno de los ejes de esta columna y uno de los principales derechos es, justamente, el de desgranar la lista de mandatos y ver lo que de verdad queremos, lo que debemos, lo que hacemos por inercia y lo que mejor dejamos de hacer ya mismo.

Así que, si de repente queremos algo dulce y saqueamos la bolsita que trajo nuestro hijo hace unos días del cumple de la semana (porque hay uno por semana, ¿vieron?), no es grave. De vez en cuando es necesario endulzar las ideas, los miedos, las dudas y las penas. No seremos malas madres, les juro, y el niño no verá complicada su infancia.
Después de todo, velamos por su nutrición y por su dentadura.
Al final, y como siempre, lo hacemos por su bien.